México: ¿una democracia sin “millennials”?

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Recientemente se llevó a cabo una multitudinaria manifestación en el Zócalo de la Ciudad de México a favor de la democracia y en defensa de la autonomía del Instituto Nacional Electoral (INE). Estuve presente esa mañana y puedo asegurar que la multitud que se congregó era harto heterogénea. Hay, sin embargo, una característica por destacar entre los manifestantes: la media de edad rondaba los cuarenta años.

Algún avezado analista señaló que ello se debía a que las generaciones de más de cuarenta años somos las últimas que realmente conocimos de primera mano el autoritarismo del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Vale recordar que el PRI gobernó a México de forma ininterrumpida entre 1929 y 2000, el período ininterrumpido de gobierno por un solo partido más largo del mundo: 71 años. Por el contrario, las generaciones más jóvenes que nacieron a mediados de los noventa no conocieron el autoritarismo del PRI y, quizá por ello, este analista sugiere que no dimensionan los riesgos que conlleva la actual regresión democrática en el país.

Esta hipótesis, sin embargo, choca con los datos de una encuesta que hizo RIWI Corp. (Real-Time Interactive World-Wide Intelligence) antes de las elecciones presidenciales de 2018. Esta encuesta muestra que el compromiso político de los jóvenes millennials mexicanos de entonces era excepcionalmente alto: nueve de cada diez jóvenes pensaban que valía la pena votar.

De acuerdo a RIWI, datos comparables para los jóvenes de Japón, el Reino Unido o Francia muestran niveles más bajos de compromiso y se calculaba en siete de cada diez personas. Y, en efecto, los millennials mexicanos participaron activamente en aquella ocasión y fueron cruciales para el triunfo aplastante del actual presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO).

La pregunta entonces es: ¿cuál es el nivel real de compromiso democrático de los millennials mexicanos en 2023? ¿Cómo explicar la aparente contradicción entre los datos cualitativos que recogí en la marcha y los datos cuantitativos de RIWI publicados en 2018? A falta de datos recientes, caben algunas conjeturas.

La primera y ya mencionada es que la defensa de la democracia realmente solo importaría a los que vivimos el apogeo del PRI, mientras que a los jóvenes les resultaría un asunto secundario. No quiero decir con esto que no les interese, sino que tienen otras prioridades. La reciente y multitudinaria marcha del 8M, a propósito del Día Internacional de la Mujer, y la cual se hizo en la Ciudad de México, deja en claro que la justicia a las víctimas de delitos de género e igualdad sustantiva entre hombres y mujeres son aspectos que los jóvenes exigen priorizar en la agenda pública. Desde este punto de vista, el compromiso de los jóvenes sería alto, pero orientado hacia sus intereses, lo cual, además, me parece normal y deseable: cada generación encuentra sus motivaciones para la acción colectiva.

Una segunda conjetura que se me ocurre para explicar la ausencia masiva de jóvenes en la marcha del 26 de febrero es que aún tienen simpatía por AMLO, de forma tal que, en consonancia con la reacción del oficialismo, habrían considerado la marcha como un acto antigobiernista, y no uno para defender la democracia. Si fuese así, que no lo sé a ciencia cierta, los jóvenes no estarían del todo equivocados: la manifestación también se puede leer como una censura al Gobierno y sus políticas. Es simplemente una posibilidad entre otras. Ciertamente, en 2018 vimos que las generaciones más jóvenes —nacidas después de la transición democrática y sin ningún recuerdo del PRI hegemónico— se mostraron particularmente descontentos con el statu quo y se volvieron menos tolerantes y más beligerantes, tal como el propio AMLO.

Mi tercer conjetura es tal como diría Neruda: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. En efecto, una regla de oro en cuanto al levantamiento de datos es que la opinión pública puede cambiar de un día para otro. En el mundo acelerado en el que vivimos lo que pasó hace cinco años es historia antigua. No ignoremos, además, que los humanos somos seres volubles y olvidadizos. En este sentido, cabe la posibilidad de que los jóvenes millennials mexicanos de hoy hayan perdido la chispa que les motivó en 2018. Algo, por cierto, del todo comprensible: en este 2023 soplan vientos muy distintos a cuando AMLO logró ilusionar a amplias capas de la población con su populismo. Hoy lo que se respira es desgaste y aburrimiento, emociones que no pueden entusiasmar ni a los jóvenes ni a nadie.

Finalmente, una cuarta conjetura que se me ocurre es que los jóvenes están llevando su protesta al mundo digital, donde quizá encuentran mayor resonancia a sus mensajes entre sus contemporáneos. No olvidemos que muchos millennials crecieron cuando Google era una realidad, y que pasan muchas horas en línea, usando toda clase de plataformas para interactuar: Instagram, Snapchat, TikTok, etc. Estas generaciones han crecido en un mundo muy diferente al de los ochenta y noventa, en el cual crecimos la generación X (a cuyos miembros, por cierto, también se nos caracterizó en su momento como políticamente desafectos).

Queda, pues, abierta la interrogante: ¿cuál es el nivel real de compromiso democrático de los millennials mexicanos en 2023? Solo ellos podrán responder. Lo que es seguro es que su participación (o falta de) en la defensa de las instituciones democráticas y en las elecciones presidenciales de 2024 será determinante para la vida del país. Decía el profesor Alfredo Gutierrez Gómez, de la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México: “Cuando los jóvenes y las mujeres salen a votar, pierde el gobierno”. Veremos.

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