sábado, febrero 24, 2024
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El estatus perdido

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Fider Munnigh

.-Toda degradación empieza por lo real y termina por lo verbal. Toda mistificación se consuma verbalmente. No hay nada ominoso o maravilloso que se haga realidad entre los hombres que no pase por la palabra, por el lenguaje: los males, los vicios el crimen, la corrupción, las perversiones, pero también las bondades, las hazañas, las grandes obras, los prodigios.

Acabar de entender que la educación es un acto realmente emancipador, transformador, que va más allá del evento académico, del mero acto pedagógico mismo. Que va más allá de la información, de la enseñanza, de la transmisión de saber y conocimientos. Que va más allá de la inserción del educando en el mercado laboral. Que va más allá de la inversión social para crear capital humano que incremente el PIB y aporte al crecimiento económico y al desarrollo material. Que la verdadera educación incluye y al mismo tiempo trasciende todo esto.

De lo que se trata es de afirmar un proceso educativo capaz de crear individuos libres, creativos, independientes, críticos, autónomos, que no se midan solo en función de su fuerza laboral, o de su posición en el mercado, o de su aporte a las necesidades de las empresas o de la sociedad. La verdadera educación desempeña un papel clave en la transformación social, en la inclusión, en la emancipación humana de toda servidumbre, acto mediante el cual una comunidad o una sociedad asumen su propia historia, su pasado y su presente.

Lo que no se acaba de entender es que la educación, lo mismo que la cultura, tiene un valor en sí misma y que este valor no se debe medir exclusivamente en términos de su impacto en la sociedad o de su aporte a la economía.

El eje principal del enfoque educativo moderno no debe ser ya el profesor, con su saber autorizado o autoritario, ni tampoco el estudiante, con sus destrezas y habilidades, sus “competencias”. El eje central debe ser el proceso mismo de enseñanza-aprendizaje. El proceso y no el resultado.

Lo de la brecha digital como obstáculo para una educación transformada no debería preocuparnos realmente tanto. Porque tan pronto como en el  mundo se instaure definitivamente el orden digital –el verdadero pero apenas nombrado “nuevo orden mundial”-, esa brecha se estrechará y será cosa del pasado. Entonces nos enfrentaremos a un nuevo mal infinitamente mayor que el creado por la tal brecha, un mal que apenas empezamos a imaginar. Bailaremos todos al son de la tecnología. Las grandes corporaciones tecnológicas tomarán el control absoluto de todo. Y reinará universalmente la tecnolatría.

Hemos degradado al maestro para entronizar al alumno. Hemos mistificado al alumno en nombre de una falsa autonomía que desconoce el valor real del proceso educativo. El maestro ya no es el educador de antes, con su estatus privilegiado, su viejo prestigio, su respeto ganado, su aureola secular. Ya no es una referencia para el alumno, ni un referente para la sociedad. Ahora solo es un “facilitador” (sustantivo apropiado para esta época light que todo lo reduce a lo superficial y lo fácil): alguien que simplemente facilita un proceso de enseñanza-aprendizaje, sin protagonizarlo, alguien que sirve de mediador entre la educación y el educando. Un simple enseñante. Rebajado de categoría, perdido el respeto, mermado el prestigio, retirada la antigua consideración, ya no pinta nada para nadie. Ni para el alumno, ni para los padres, ni para las familias, ni para la institución educativa, ni para la sociedad. Los influencers y las máquinas “inteligentes” vendrán en pos de él, lo reemplazarán, lo reducirán a un rincón tranquilo y solitario, y lo convertirán en reliquia del pasado.

Eufemismos degradantes y reductores. Solo imaginemos por un momento cómo reaccionaría hoy un Eugenio María de Hostos al ser llamado “facilitador”.

Es del todo saludable el legítimo propósito de vincular más la universidad a la sociedad y al mercado laboral. Incluso hay que reconocer lo pertinente y razonable de este objetivo. Nada más fallido que la universidad falsamente autosuficiente, endogámica, encerrada en sí misma. Al fin y al cabo, la academia se debe a la sociedad, y no al revés; es un elemento vital del desarrollo nacional. Lo malo es cuando ella se convierte en mero instrumento de intereses ajenos, de negocios particulares y de grupos, de la política de los partidos (politiquería barata del patio), y cuando deviene en fábrica de profesionales malos, mediocres, sin alma, para una sociedad igualmente desalmada.

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