Aquel debate que Peña Gómez no aceptó

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Toni Raful

Han sido escasos los debates políticos en la vida nacional, pero hasta ahora no ha habido ningún debate electoral, lo cual resulta inexplicable si partimos del hecho de que la lucha electoral por la consecución del poder político implica fundamentalmente una diferenciación de ideas, un volumen de propuestas en función de necesidades y logros, que conquisten el voto de la gente.

La gente vota por el candidato que logra ganar su simpatía en base a ofertas, y tratándose de una competencia, discrimina en función de quien la convence.

Juan Bosch

Un debate entre candidatos como se hace en los Estados Unidos ayuda a escoger un Presidente, aunque no sea determinante en términos absolutos, pues hay otros factores que inciden en la decisión electoral del sufragio.

Se recuerda el debate entre el profesor Juan Bosch y el sacerdote católico Láutico García, llevado con altura y sobre todo con un nivel de discusión intelectual bastante respetuoso, a pesar del clima político tirante y provocador de aquel escenario histórico en vísperas de la celebración de las primeras elecciones libres después de la muerte de tirano Trujillo.

Se recuerda el debate estudiantil televisado, de aquel vigoroso y explosivo movimiento de rebeldía de jóvenes a raíz de la caída de la dictadura, cuando los líderes universitarios Asdrúbal Domínguez y Bernardo Defilló discutieron sus ideas representando a los grupos Fragua y Bloque Revolucionario Universitario Cristiano.

Se recuerda aquel aparatoso debate entre el dirigente del Partido Revolucionario Social Cristiano Caonabo Javier Castillo y el periodista peruano Eudocio Ravines, éste último de raigambre ideológica anticomunista extremista, quien acusó a Javier Castillo y a los socialcristianos de ser “tontos útiles” y “compañeros de viaje” de los comunistas, ripostando éste con el señalamiento de que Ravines era un viejo agente de la Agencia Central de Inteligencia Norteamericana. Este enfrentamiento terminó abruptamente ante la audiencia televisiva.

Otro de los debates se escenificó entre el doctor Marino Vinicio Castillo y el Lic. Hatuey Decamps, a raíz de los resultados de las elecciones de 1978, atrayendo el interés de la nación por la coyuntura y las ideas en discusión. Pero en realidad no se conoce un debate entre candidatos electorales por la presidencia de la República.

Un debate televisivo y radial entre Juan Bosch y Joaquín Balaguer en las elecciones de 1966 habría sido altamente interesante y hubiese contribuido a la educación política de los votantes y sobre todo a que los electores se llevaran una idea más clara de los propósitos y planteamientos de cada uno en relación con el gobierno que prometían.

Uno no puede prejuzgar el resultado de un debate por la elocuencia o el carisma de un candidato, ya que hay situaciones y oportunidades que pueden servir para apuntalar una candidatura por encima del propio manejo de la lengua.

Los argumentos, si son contundentes y justos en un debate, inclinan la balanza de manera súbita, habilitan el fervor popular y catapultan a un candidato hacia el poder.

Joaquín Balaguer

Balaguer

Uno no se imagina al doctor Balaguer en un debate con el ex Presidente Antonio Guzmán, frente a la nación en 1978, porque evidentemente la desventaja intelectual, de locuacidad, de uso y recurso de hipérboles y metáforas en su discurso decimonónico, habrían en principio aplastado al hacendado y hombre de bien que fue Guzmán, sin embargo, éste, subestimado y desdeñado por sus aparentes limitaciones, usó la tribuna popular, señalando los males de la reelección, sin ser orador, martillando la necesidad del cambio, una y otra vez, hasta alcanzar la victoria.

¿Hubiese ganado las elecciones el doctor Balaguer en 1978 si participa en un debate de televisión con Antonio Guzmán? Probablemente ya no era posible lograr con la superioridad de recursos intelectuales y expresivos una victoria electoral, es más, si lo hubiese aplastado en el debate supuesto, el país probablemente le habría tomado un sentimiento de pena a Guzmán, quien se convertiría en víctima de aquel poder retórico abusador.

Peña Gómez

José Francisco Peña Gómez.

Fue quizás la idea que finalmente predominó entre los asesores de campaña del doctor José Francisco Peña Gómez y sus colaboradores más cercanos, cuando rechazó el debate electoral televisivo con el doctor Leonel Fernández en las elecciones de 1996.

Peña Gómez contempló seriamente ir al debate, incluso, quien escribe fue consultado por él entre muchos de sus amigos, pero se impuso el criterio de que el doctor Fernández, no importa el resultado de la discusión, los planteamientos, la exposición de las ideas, saldría ganancioso, porque sería inevitablemente victimizado, o sea, que el país percibiría en Peña Gómez, a un abusador, no porque Fernández no tuviera elocuencia, la tenía y la tiene, incluso, era y es uno de los dominicanos mejor formados intelectualmente, pero tenía la imagen de la debilidad davidiana frente al coloso de mil batallas que era Peña Gómez.

Por el contrario, opiné entonces que era correcto ir al debate, porque Peña Gómez había sido “satanizado” por una campaña sucia y mezquina que pretendía negarle hasta su nacionalidad, y no había mejor oportunidad frente al país, de desmontar todos los argumentos contrarios, conservando un nivel de respeto frente al joven candidato que se le oponía, para evitar que se convirtiera en víctima.

Peña Gómez tenía los recursos y la experiencia para lograr salir airoso una vez más de las confrontaciones de ese tipo. No se produjo el debate y se perdió la oportunidad. Ganó Fernández.

Leonel Fernández

A propósito, advertí al doctor Peña Gómez en una reunión donde se analizaba el lanzamiento de Fernández y su crecimiento electoral, mucho antes de la campaña de 1996, que se trataba de un joven brillante que no podía ser subestimado y que podría convertirse, si no se enfrentaba con tiempo, en un serio competidor de su candidatura, siendo motivo de risas burlonas de algunos de mis compañeros, el propio Peña Gómez me hizo varias preguntas para que yo explicara mis temores, incluso alguien sugirió socarronamente que lo que pasaba era que yo estaba condicionado por mi amistad con Fernández.

De todas maneras, prevaleció la idea de no competir tempranamente con Fernández, quien había salido al ruedo electoral un año antes de las elecciones de mayo de 1996.

Cuando se vino a activar la maquinaria del PRD, ya Fernández era codueño de las calles y de las plazas públicas. Nunca me alegré de tener la razón.

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